Borrando las cicatrices del maltrato con tatuajes

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Borrando las cicatrices del maltrato con tatuajes

 

La industria del maltrato busca nuevos nichos de negocio.

A este gran negocio se apuntan muchos vividores.

Curiosa la foto del artículo. No se molestan en poner algo mínimamente creíble. Esas marcas tienen toda la pinta de ser autolesión. Las habituales mentiras de las feminazis entre las que está la inexistencia de denuncias falsas.

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Borrando las cicatrices del maltrato con tatuajes

Mimí sustituyó las cicatrices de sus brazos por unas ramitas de romero.

GABRIELA BALAREZO – 16 MAR. 2018

A una joven le cubrieron los cortes con pequeñas flores. A otra le sustituyeron los navajazos por plumas…

Entramos en el primer servicio de tatuaje terapéutico para víctimas. “Cubrimos con arte el horror vivido”, nos dice una de las siete tatuadoras

Cae la tarde en Barcelona. Es un día frío de finales de febrero. En el número 3 de la calle Calders, Shinda -pelirroja y gafas de marco fino- prepara sus herramientas de trabajo. Botes de tinta negra, una máquina de tatuar, guantes desechables, agujas esterilizadas… Tumbada sobre una camilla y rodeada de paredes blancas e inmaculadas, espera una mujer de veinte y tantos. La llamaremos Paula. Tras transferir el diseño, con papel calco, a la piel desnuda, la tatuadora enciende la máquina. Punto a punto, repasa las líneas estampadas. Múltiples pinchazos atravesando la epidermis. Un dolor que no es nada en comparación con lo que Paula ha vivido. Como si estuviera amortiguado por el susurro continuo de la máquina de tatuar. Cuando Shinda ha terminado no queda rastro de ese nombre gastado de cinco letras. En su lugar emerge una flor.

Dos horas y media separan el antes y el después de Paula. El tiempo que le llevó a Shinda cubrir a golpe de aguja y tinta negra el nombre que desde hace años llevaba tatuado en su hombro derecho. El de su ex pareja. El que hizo de su vida un infierno. La llamamos Paula porque no quiere revelar su identidad. Tampoco muchos más detalles de su vida. Sólo ha accedido a mostrar las fotografías de su antes y después. Que es una suerte de metáfora abreviada -grabada en su piel- de su vida pasada y su presente. Ella, como otras 150.000

[los casos denunciados según las fuentes oficiales], es una víctima de la violencia de género. Una «luchadora», una «superviviente». Llegó hasta el peculiar estudio de tatuajes del que es parte Shinda para hacerse un cover. Un paso más en su proceso de recuperación.

Un “público muy especial”

La idea es transformar esa herida, que en el caso de Paula es un nombre tatuado, en algo hermoso. En arte. Es lo que hacen en Desideratum [«deseo que aún no se ha cumplido»]. Convertir cicatrices o cualquier otro rastro de dolor en algo que sea digno de admirar. El estudio se levanta en una de las medievales callejuelas del barrio del Born, rodeado de sofisticadas galerías y boutiques. A escasos 200 metros del famoso Museo Picasso. Podría parecer un estudio como cualquier otro, salvo porque está comandado sólo por mujeres y atienden a un «público especial». Aunque por sus camillas desfilan todo tipo de clientes, es de los pocos, sino el único, que ofrece un servicio de tatuaje terapéutico y social para mujeres víctimas de maltrato.

Noemí García Sánchez -40 años, menuda y cabello rizado- es la mente detrás de un proyecto que abrió sus puertas hace menos de un año. Cuenta Noemí a Crónica que Desideratum es el resultado de combinar su vocación social y su amor por los tatuajes. «Siempre he ido tatuada, porque me ha gustado mucho lo que significa el empoderamiento del tatuaje en la mujer», dice. Por eso el suyo no podía ser un estudio al uso. Quería darle un carácter social. Por su trabajo en un centro de equinoterapia que atiende a personas con adicciones supo cómo podía llevarlo a ese nivel. Allí había conocido a varias mujeres víctimas de violencia de género y le pareció que el tatuaje podía ayudarlas, de alguna manera, a mejorar sus vidas. O «intentar cubrir con una obra de arte el horror vivido».

El equipo que da vida a Desideratum está formado por siete mujeres. Tatuadoras, con diferentes backgrounds y vertientes artísticas. Shinda, de 27 años con tres dedicados al mundo del tattoo, es una de ellas. Junto a Noemí, nos desvela los detalles del cover de Paula. Dice la fundadora del estudio que todavía son pocas las que se animan a visitar el lugar para transformar sus cicatrices, aunque reciben llamadas de muchas interesadas. Sobre todo cuando se trata de mujeres que han sido maltratadas en el pasado. Desde su apertura no más de una decena de ellas han llegado hasta el estudio. Y por ahora, sólo una se ha atrevido a compartir las imágenes del antes y después de su tatuaje.

La historia de la valiente Paula es como la de otras tantas. Un círculo vicioso, un patrón que se repite hasta el cansancio. Cuenta la líder de Desideratum que la chica conoció a su pareja muy joven y se hizo el tattoo por amor. Con el paso del tiempo él se volvió muy controlador. Empezó por aislarla socialmente, continuó con dosis de maltrato psicológico y terminó en los golpes. Hasta que un día ella dijo basta.

Shinda nos cuenta que una educadora de la residencia en la que vive Paula actualmente le recomendó el estudio. Enseguida se puso en contacto con Noemí y acordaron una primera visita. En ese encuentro previo tatuadora y tatuada se conocieron y congeniaron. La chica les contó un poco lo que había vivido y les mostró la marca que quería cubrir. Sobre el proceso de diseño -explica Shinda-vieron entre ambas «algo que fuera bonito y que no se relacionara con lo que tenía». Y añade: «Con esta chica fue todo muy cercano y abierto desde el primero momento».

Otra peculiaridad de Desideratum es que procuran que la creación del tatuaje sea un ejercicio conjunto entre cliente y artista. En el caso de Paula y Shinda optar por una flor fue unánime. Las dos querían cubrir ese nombre de letras gastadas con algo «femenino y delicado». Que la representara más a ella. Por eso la flor de pétalos abiertos en negro -que simboliza la fortaleza-. Una obra de arte impresa en su piel que ahora luce con alegría. Debajo de ésta se lee con trazo fino: Manuel, el nombre de su padre. Quien ha sido su «pilar» en la lucha por vencer las secuelas del maltrato.

Noemí recuerda también otros casos. Mujeres que se han animado a tatuarse pero que todavía tienen miedo o vergüenza de exhibirse como víctimas de violencia machista ante la sociedad. Son mujeres que ya no están con sus parejas pero que están todavía en camino de superar el trauma. Si es que algún día puede llegar a superarse del todo. Una de ellas llegó al estudio con unas cicatrices en forma de garra en el hombro. Su chico, en un momento de furia, le había arrojado un cenicero. Para cubrir las terribles marcas usaron pequeñas flores. Otra historia, es la de una chica que escondía los vestigios alargados de unos navajazos en su abdomen que le hizo su pareja. Para cubrirlos, usaron plumas.

Un año después de la herida

La única restricción para optar por este tipo de tatuajes es que haya pasado al menos un año desde la cicatrización de la herida. Ni siquiera la cuestión económica es una limitación. Explica Shinda que varias de las mujeres que han acudido no tienen muchos recursos. En los casos concretos de violencia de género los trabajos se realizan de forma gratuita. Por el momento, han conseguido apoyo de una marca de tinta y aspiran a recibir, en un futuro, algún tipo de subvención municipal. Las víctimas de violencia machista conocen del estudio a través de entidades de apoyo y casas de acogida, como la Fundación Surt o la Fundación Ana Bella.

-¿Qué poder ejerce un tatuaje en estas mujeres [víctimas de maltrato]?- le preguntamos a Noemí.

-Tiene un efecto increíble. Pasa de ser una parte de la piel que ni siquiera miran o que evitan mirar a algo de lo que luego se sienten orgullosas. Me acuerdo de una chica que vino a tatuarse una cicatriz en la rodilla, que era incapaz de echar un vistazo a esa zona, que se ponía nerviosa cuando al bañarse se le caía el jabón y debía agacharse. Después del tatuaje empezó a reconocer otra vez esa zona de su cuerpo, empezó a gustarse, a llevar minifalda… es una forma de superar también.

Y la satisfacción es mutua. Tanto para la tatuada como para la tatuadora. Shinda describe su experiencia con Paula como «la más plena sonoridad». Por su parte, la joven reconoció estar encantada con que existieran este tipo de iniciativas. Para la artista es también una forma de dar visibilidad al problema y, a la vez, desviar los estereotipos negativos [de criminalidad, por ejemplo] asociados al mundo del tattoo.

Pero a Desideratum, no sólo llegan mujeres afectadas por la violencia de género a borrar sus cicatrices. Hay, asimismo, casos de personas que se autolesionaban y que buscan a través del tatuaje «romper con el pasado». Como Mimí, también de veinte y tantos. La joven que trabaja en el ámbito de la cultura y el teatro, eligió una ramita de romero para enterrar con arte las decenas de cicatrices lineales que le quedaron de los cortes que se hacía en el brazo.

El diseño corrió a cargo de la tatuadora e ilustradora Carla Bianchi. Una detallada ramita de romero acompañada de la palabra «Munay», que es el principio base de la cosmovisión andina y que significa amor. Esta planta -explica Mimí en una publicación de una red social- ha sido usada desde tiempos ancestrales con fines mágicos. Se lo hizo [como «ritual de bruja» que tiene para despedir cada año] a finales de 2017. Dice Noemí que la elección del diseño, aunque es un proceso conjunto con la artista, es una decisión muy personal. Hay chicas que prefieren «lo natural» y «lo femenino» y otras que piden trabajos más específicos. Como una chica, con los brazos saturados de cortes, escogió coloridos dibujos de personajes de Disney para taparlos.

Otros tattoos para públicos especiales que realizan en Desideratum son: reconstrucciones [en 3D] de pezones y para cubrir cicatrices de cesáreas o de operaciones de cambio sexo, en el caso de personas del colectivo LGBTI.

Your body, your choice [Tu cuerpo, tu decisión], reza el lema de este singular estudio de tatuajes donde sólo trabajan mujeres. Una resolución pensada, en principio, para generar un ambiente de confianza para el público especial que tienen. Y también, como enarbola Noemí, para «reivindicar un poquito el trabajo de la mujer en un mundo machista a tantos niveles».

http://www.elmundo.es/cronica/2018/03/16/5aa580b522601d78018b458a.html

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