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El ‘caso Lohfink’

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La tendencia a mirarnos el ombligo y creernos el centro de universo hace que muchos crean que lo que pasa en España es un caso único. No conciben que en otros países también haya leyes basadas en la ideología de género.

No les entra en la cabeza que la aberración jurídica de la ley de violencia de género se aplique en otros países. Que no haya presunción de inocencia ni igualdad ante la ley ni se persigan las denuncias falsas.

La triste realidad es que la llamada “agenda de género” se va imponiendo en todos los países. España no es un caso aislado ni un laboratorio donde probar estas leyes y políticas sociales.

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El ‘caso Lohfink’

AJUBEL

El caso de una mujer que acusó a dos hombres de una falsa violación ha reabierto el debate en Alemania sobre el riesgo que supone una protección mal entendida a todas las mujeres que denuncian abusos sexuales

RAMÓN AGUILÓ

07/09/2016

Un hombre y una mujer fornicando. Otro hombre, amigo del primero, graba el acto con su móvil y participa después en el mismo. Mientras ellos se van jaleando entre sí en lo que parece más un esfuerzo deportivo que sexual, ella profiere unas palabras (un adverbio y un imperativo) que deberían obstruir toda posible discusión acerca de la naturaleza violenta de esas imágenes: “No” y “para”. Cuatro años después, y tras numerosas y espectaculares idas y venidas de los juzgados, tras infinitas portadas, campañas, entrevistas y reportajes en los medios de comunicación alemanes y extranjeros, disponemos ya de un veredicto final, emitido el pasado 22 de agosto por el juzgado de primera instancia del Tiergarten berlinés: ella, Gina-Lisa Lohfink, fue condenada a 20.000 euros de multa por falsa acusación. En consecuencia, Sebastian C. y Pardis F., los dos hombres que grabaron el vídeo y que lo difundieron por la red sin autorización alguna y por lo que ya fueron multados, quedan absueltos del delito de violación. Y bien, ¿qué ha ocurrido aquí? ¿Acaso no tiene valor en Alemania el “no es siempre no” de una mujer indefensa ante el evidente abuso de poder masculino? En nuestra época fílmica por excelencia, donde la imagen ha suplantado poderosamente a la palabra, ¿hay algo más innegable y manifiesto que un vídeo para probar la realidad de una violación? ¿Qué mensaje está enviando a las demás mujeres alemanas ese juzgado de Berlín, en un país que todavía sufre en voz alta las secuelas de las agresiones sexuales acontecidas durante la Nochevieja pasada en Colonia y que quiere endurecer a toda prisa su derecho penal sexual? ¿Es esta la confianza y la tranquilidad que esperaban todas las mujeres de la justicia y la legislación alemanas?

Estas son algunas de las preguntas clave que se hacía parte de la opinión pública alemana tras el controvertido veredicto. Cabe recordar que dicho juicio ha sido politizado desde sus inicios por todos aquellos que piensan que “siempre hay que creer a las víctimas de violaciones”, como afirmaba la célebre columnista delWashington Post Zerlina Maxwell. Para este grupo de gente, entre los que se encuentra la actual ministra alemana de Familia, Manuela Schwesig (SPD), Gina-Lisa Lohfink es una heroína que personifica con orgullo los valores de la autodeterminación sexual femenina. Su lucha en los juzgados se ha escenificado como un nuevo y épico episodio en el proceso de emancipación de la mujer, ante el cual solo cabe sumisión u oposición absoluta. O estás con ellas o estás en contra. Poner en duda su versión de los hechos, a pesar de estar repleta de contradicciones y desdichos, equivaldría a ponerse del lado del violador.

Otros, sin embargo, se congratulaban de que no hubiese ganado una “justicia de los afectos”, más propia de una sociedad histérica y prejuiciosa que de una democracia que tiene en la búsqueda de la verdad su único e inalterable principio regulativo. Y precisamente eso es lo que la sentencia ha dejado claro. A veces, el “no es siempre no” no basta para extirpar toda la verdad de un caso. A veces, la complejidad de la vida no cabe en un eslogan, por muy definitivo que éste sea. Hace falta conocer bien el contexto en todas sus dimensiones, ya que la tarea de la justicia no puede ser jamás la de amortiguar los miedos de una sociedad, sino la de descubrir si estos miedos tienen efectivamente su razón de ser, es decir, su legitimidad. En el caso Lohfink, el contexto lo configuran el mencionado vídeo así como los acontecimientos que tuvieron lugar los días antes y después de la grabación del mismo.

Según la versión de la propia Lohfink, ella no quiso ir por iniciativa propia al apartamento de uno de los acusados para tener relaciones sexuales, sino que fue inducida a ello mediante alguna droga, presuntamente la escopolamina, conocida también como beso del sueño, una sustancia hipnótica que actúa rápidamente anulando cualquier atisbo de voluntad en la persona que la injiere. Sin embargo, hay imágenes grabadas de esa misma noche que no se filtraron a la red y que confiscó la fiscalía donde se puede ver a Lohfink cantando, bailando y sonriendo justamente durante las horas en las que se supone que debía estar bajo los efectos de la escopolamina. Un toxicólogo declaró en el juicio que era imposible estar en ese estado de jovialidad habiendo consumido escopolamina.

Y algo más no encajaba del todo: Lohfink se quedó tras la presunta violación casi un día entero en el apartamento de uno de los acusados. En esas horas, habló por teléfono con su mánager, pidió una pizza y no ocurrió nada anormal. Es más, por la tarde quedó con el segundo acusado, con el que pasó toda la noche. ¿Puede una mujer que ha sido violada permanecer tanto tiempo en el lugar del crimen, incluso pedir una pizza y verse el día siguiente con otro de sus violadores? Eso, efectivamente, no prueba que no existiese una violación. Aunque, por muchas dudas que pudiese haber en esta versión, la defensa de Lohfink estaba construida sobre el famoso vídeo sexual y las decisivas palabras “no” y “para”. En opinión de Burkhard Benecken, abogado de Lohfink, lo que había pasado aquella noche o el día después de la presunta violación era irrelevante. Las imágenes hablaban por sí solas y en ellas había que centrarse: “no” es siempre no, “para” es siempre para. Por muy buen rollo posterior había una realidad que no se podía ignorar. Y esa realidad era la de una mujer pidiendo, rogando que la dejasen.

Ahora bien, ¿a qué se refería Lohfink exactamente cuando decía “para” y “no”? ¿Hay hermenéutica capaz de discernir claramente el significado de esas palabras? Una de las posibilidades es, en efecto, que ella mentara con esa clara negación el acto sexual mismo. Pero existe otra posibilidad, que es la que ha seguido la ley berlinesa en este caso, y que hace referencia a la filmación del acto. Según esto, lo que quería evitar Lohfink a toda costa era que la grabaran porque tal vez presuponía, tal y como de hecho ocurrió después, que esas imágenes podían acabar en la red. No es lo mismo penalmente ser acusado de violación que de publicar material audiovisual privado. El problema es que las imágenes no hablan por sí solas: en ningún momento Lohfink repele o se defiende de su presunto violador mientras pronuncia esas palabras. Lo más curioso en un caso visual que se suponía tan axiomático es que no hay gesticulación que acompañe semánticamente al lenguaje. Y en la otra dirección tampoco: no se ve ni el típico movimiento de mano intentando tapar el objetivo de la cámara del móvil ni un tímido ademán de cubrirse el desnudo cuerpo en señal de rechazo. “No” y “para” podrían atribuirse a ambas direcciones, no hay ninguna prueba absoluta y definitiva de que lo que estaba solicitando Lohfink fuese la interrupción del acto sexual. Por eso y por la falta de otras pruebas más contundentes es por lo que la juez Antje Ebner ha concluido que entre los acusados y la señora Lohfink tuvo lugar sexo consentido y ninguna violación.

La juez fue especialmente dura en su alegato final, acusando a Lohfink y a su abogado de haber instrumentalizado el proceso entero para lograr una más que dudosa publicidad mediática. Y de eso se trata: según la juez, al fingir la violación y proyectarse a sí misma como estandarte del feminismo oprimido, Lohfink trivializó la violación misma y con ello el crimen en una sociedad alemana más dividida que nunca, que ya no sabe a quién creer. Una causa que consigue parecer de lo más justa y noble puede transformarse en un repugnante veneno si no viene bien armada de veracidad. Pues una falsa acusación no sólo perjudica a los hombres erróneamente criminalizados, sino también a todas aquellas mujeres que sí han sufrido violaciones y deben luchar a la vez contra la incredulidad de las autoridades y de algunos de sus más necios y nefastos representantes.

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Ramón Aguiló es profesor de Filología alemana en Bremen (Alemania).

http://www.elmundo.es/opinion/2016/09/07/57cf08c3e2704e390c8b469a.html

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