EVELYNE SULLEROT  

Socióloga francesa, pionera en la lucha por el control de la fecundidad femenina y por el derecho a la anticoncepción a través de los centros PLANNING FAMILIAL, de los que fue fundadora. Feminista igualitaria que, como tantas otras, acabó denunciando directa o indirectamente los excesos del feminismo radical.  Ha sido asesora de la Comunidad Económica Europea desde 1960 y de la Organización Internacional del Trabajo a partir de 1970.  En 1974 fundó los centros RETRAVAILLER, destinados a orientar a las mujeres que deseasen reincorporarse a la vida laboral tras haber educado a sus hijos. Es autora de numerosos libros, entre ellos La vie des femmes  (1964), Demain les femmes (1965), Histoire et sociologie du travail féminin (1968), La femme dans le monde moderne (1970), Les françaises au travail (1973), Histoire et mythologie de l'amour (1976), Quel pères? Quels fils? (1993), Le grand remue-ménage (1997), La Crise de la famille (2000) y Diderot dans l'autobus (2001)

El título que nos interesa especialmente es Quels pères, quels fils (1992), cuya versión española fue publicada  en 1993 por Ediciones B con el título "El nuevo padre".  En sus páginas se analizan, entre otros aspectos de la "nueva paternidad" desfavorables para el hombre, la situación de desamparo jurídico, social y  moral del padre separado y sus hijos. 

Una de las constataciones más sorprendentes y amargas para el lector del libro de Evelyne Sullerot, es que, casi un decenio después de su publicación, todo sigue igual.  "Miles de niños sufren cada año una dolorosa pérdida.  Tras la separación o el divorcio de sus progenitores, la figura del padre tiende a desvanecerse o se convierte en esa visita un tanto patética que comparte con ellos una artificiosa relación de fin de semana, coca-cola y largos silencios."  Este modelo de paternidad marginal, descrito en la contraportada de la obra, sigue manteniéndose inalterable.

En las primeras páginas de su libro, la autora se muestra sorprendida por la falta de reacción de los hombres ante el trato que reciben en caso de divorcio.  Y se pregunta :¿acaso se sienten solidarios de una culpabilidad masculina generalizada y no se atreven a romper el silencio al que esta solidaridad les condena?  A nadie parece importarle la situación en que quedan esos padres tras el divorcio, pero tampoco nadie parece sentir escrúpulos por el efecto de tal separación en los hijos.  Sin embargo, son numerosos los autores que han puesto de manifiesto las consecuencias que para los hijos tiene la separación o el divorcio de sus padres, así como su vida en un hogar monoparental.  En nueve de cada diez casos de separación o divorcio, el hijo permanece con la madre y se encuentra separado de su padre.  En 1946 se inició en Gran Bretaña el seguimiento de la salud y el desarrollo de 5.362 niños nacidos entre los días 3 y 9 de marzo de 1946.  En 1982, el 87% de esos niños, convertidos ya en adultos de 36 años, seguían participando en el estudio.  Esa enorme encuesta permitió identificar los desórdenes emocionales de los hijos de separados: síntomas infantiles de miedo, vergüenza y dificultades de comunicación, fracaso escolar y  nivel de educación más bajo, mayor proporción de parados, menores ingresos económicos, etc.  Numerosos estudios posteriores no han hecho más que confirmar esos resultados.

Sullerot confiesa su estupefacción ante "el denso silencio guardado por los analistas de nuestra sociedad" respecto del tema de la paternidad y la función del padre tras el divorcio. No hay encuestas, no hay estadísticas, no hay sondeos ni cifras... La paternidad parece un tema marginal y las quejas de los "padres desposeídos" no hallan eco en ninguna parte.  Existe un fenómeno creciente de orfandad artificial que a nadie parece preocupar lo más mínimo.

"Desde hace pocos años, las separaciones y los divorcios se han multiplicado a una velocidad vertiginosa. Paralelamente, el número de hijos confiados a sus madres ha aumentado sin cesar, y el número de niños separados de su padre de forma más o menos severa, o incluso definitiva, ha superado con mucho lo que nuestra sociedad haya podido conocer cuando la muerte golpeaba de forma aleatoria y dejaba numerosos huérfanos. No, la verdad es que nunca ha habido tal proporción de menores separados de su padre. Y su número, asi como la proporción que representan, no cesa de aumentar, porque las separaciones se hacen cada vez más numerosas y son más a menudo solicitadas por las mujeres, seguras, o poco menos, de conservar a su hijo.

Si, como podría suponerse, los hombres fueran esos padres indiferentes o que han hecho dejación de sus responsabilidades, aceptarían esas decisiones favorables a las madres. Pero no es así. Cada vez son más los padres que se rebelan, aterrados, cuando se ven separados de sus hijos sin haber cometido ninguna falta grave, sólo en función de su sexo. Algunos se hunden en la depresión y no consiguen recuperarse. Otros se rebelan, recurren los juicios, se enardecen y terminan por poner en tela de juicio el Código Civil, el sistema judicial y la sociedad en su conjunto. Otros tratan de unirse, fundan asociaciones, imprimen periódicos o se manifiestan. Está ocurriendo en toda Europa. Pero ni sus clamores ni sus quejas hallan eco en los medios de comunicación, en la opinión pública o ante quienes tienen poder de decisión"

El capítulo 8, titulado "Divorcios, derrotas, dolores", está dedicado al divorcio visto desde la perspectiva de los padres, vivido por los padres. A juicio de Sullerot, el rechazo profundo de la figura paterna se refleja sobre todo en las leyes y en la forma en que se aplican, en los textos y en la práctica judicial sobre el divorcio, en los mil y un pequeños prejuicios contra el padre, que rozan la hostilidad y se muestran uno tras otro a lo largo de la trayectoria del hombre que se divorcia -sobre todo, si tiene hijos- y son como trampas tendidas cuya existencia era desconocida por el pobre ingenuo. La autora señala cómo se ha llegado al extremo de que, en los tribunales, jueces equitativos y a priori benévolos han acabado transformando un divorcio por mutuo acuerdo en una condena del padre. Y mujeres liberales y a priori comprensivas ante el ex marido, del que se separaban sin rencor, han llegado a convertirse en madres beligerantes y feroces. Y concluye:

"Parece como si la maquinaria del divorcio, mal hecha y malintencionada con respecto a los padres, tuviera como finalidad endurecer los conflictos, avivar los rencores y, sobre todo, hacer imposible el acuerdo de los progenitores en el tema de los hijos, así como el ejercicio sereno de la paternidad. Y esto debe ser desmontado y denunciado, pues las mentalidades cambian y son menos impermeables a los gritos de los padres de lo que han sido durante quince años."

Tras constatar que, en general, los hombres sólo cobran conciencia del declive de la paternidad en nuestras sociedades cuando se ven inmersos en los avatares del divorcio; que esa prueba crucial deben superarla en la más absoluta soledad moral; que los demás hombres suelen reaccionar con indiferencia, incredulidad y desconfianza; y que la reacción de las mujeres ante ese particular viacrucis de muchos varones es de ignorancia, burla y hostilidad, la autora pasa a relatar su experiencia de aproximación a las asociaciones de padres (varones) separados:  

"Así, bien preparada para hacer que actuaran mis prejuicios feministas -es decir, para buscar resabios de machismo patriarcal en todo cuanto me dijesen-, me sentí primero desarmada, más tarde me interesé y finalmente me hice simpatizante de su causa.  Desarmada, porque siempre encontré en esas asociaciones de padres airados a mujeres que militaban a su lado; a veces eran las compañeras que compartían su vida después del divorcio, que comprendían su pena, que denunciaba la injusticia que se cometía con ellos; otras veces eran las abogadas que les habían defendido sin éxito y habían podido comprobar las discriminaciones de que habían sido objeto; a veces eran las abuelas, hastiadas porque la sociedad había excusado y apoyado a su ex nuera, la cual se había adueñado de sus nietos, después de destrozar la vida de su hijo; a veces eran mujeres psicólogas o psiquiatras, militantes de la presencia paterna.  Evidentemente, estas mujeres no estaban engañadas por unos cuantos exaltados del machismo."

En todas las asociaciones de padres separados escuchó la misma pregunta: "¿por qué?", repetida obsesivamente.  "¿Cómo se explica que al padre se le pida que comparta todo lo referente a los cuidados del hijo y a su educación, a semejanza de la madre, y que al mismo tiempo se le excluya como si fuera un inepto, un incapaz, una persona inútil que sólo sirve para pagar?"  Y añade que la mayor parte de los padres militantes que conoció habían emprendido estudios de psicología, sociología, demografía y derecho después de su divorcio, o habían empezado a devorar todos los manuales, informes y artículos posibles e imaginables.  Querían comprender para escapar al duro recuerdo de una travesía por lo irracional cercana a la pesadilla.

No obstante, al igual que ellos, pronto quedó sorprendida ante el escaso eco despertado por su clamor. "En materia de divorcios, el hombre suele ser el peor enemigo del hombre", como escribe Bruno Décoret en Les Pères Despossedées (1988).  En efecto, la mayor parte de los hombres permanecen indiferentes ante las desgracias de los padres divorciados, y eso cuando no se muestran francamente incrédulos.  "Un grueso caparazón de incredulidad parece proteger a muchísimos hombres de las desgracias de sus semejantes, o tal vez no los consideren sus semejantes desde el momento en que confiesan que han sido vencidos por una mujer en un combate por un niño", señala la autora.

Evelyne Sullerot define el divorcio como "una guerra en la que los padres son los grandes perdedores" y las madres son las vencedoras designadas desde el principio. La autora considera que el divorcio está rodeado de prejuicios sexistas contra los padres.  Algunos de esos prejuicios llevan a descalificar al padre "en interés del hijo":  

"Un hombre que pide el divorcio lo hace por egoísmo, mientras que cuando una mujer lo hace piensa en sus hijos.  Un hombre, espontáneamente, no puede querer criar sólo a sus hijos: pide la custodia para hacerle daño a su mujer. Los hijos, espontáneamente, no pueden desear vivir con su padre; cuando expresan ese deseo es porque están manipulados.  Siempre se sospecha de un padre que desea la custodia de su hija: ¿no habrá algo incestuoso en ello?  A un padre que tiene éxito en la vida profesional se le objetará que, con tanto trabajo, no lo conseguirá.  Si dice que prefiere sus hijos a su carrera, se le calificará de frustrado.  Si llora, si expresa una fuerte emoción, se considerará un hombre frágil, depresivo y quizá con tendencias psicopáticas. Si observa tranquilo las lágrimas de su mujer, es un insensible.  Si anuncia que cambiará sus horarios, que trabajará menos para apoyar a sus hijos, se le disuade.  Trabaja demasiado o no lo suficiente..."

En otro momento, Sullerot se pregunta a qué se debe que haya tantas mujeres en todas las funciones relacionadas con la tramitación del divorcio.  Asistentes sociales, psicólogos, abogados y jueces de familia son cargos mayoritariamente desempeñados por mujeres.  Por ejemplo, en Francia, país de la autora, mientras que la abogacía está medianamente feminizada, son los abogados quienes se especializan en temas financieros, mientras que las abogadas son claramente mayoritarias cuando se trata de temas de familia y, particularmente, de divorcios.  Otro tanto ocurre con los jueces: hay más jueces jóvenes y jueces del sexo femenino en los juzgados de familia que en el conjunto de la magistratura. La sensación de algunos padres separados ante esos hechos se refleja claramente en el siguiente párrafo del libro:

"Una mujer juez, una mujer secretaria, una mujer abogado de la parte contraria y una mujer como abogado propio (cuando buscó un abogado en un bufete de prestigio, le recomendaron a una mujer).  La asistente social que fue a interrogarle a su casa era una mujer, la cual también interrogó a la maestra de la hija y a la directora de la guardería del hijo, ambas mujeres, y a la portera, a las vecinas... La psicóloga que entrevistó a su hija era asimismo mujer.  Un divorciado me comentaba: "Me sentía absurdo.  Pertenecía al sexo equivocado.  Estaba condenado por anticipado.  Era como una pesadilla."  Cuando le pedí que explicara mejor el término pesadilla, me dijo: "En los sueños, a veces estás completamente solo, completamente desnudo, en medio de una ceremonia en la que toda la gente está vestida... Era la misma sensación.  Mi voz y mis gestos denunciaban que yo era un hombre, el único hombre.  Yo no sé si ellas tenían animosidad contra mi por ser un hombre, pero yo me sentía muy mal en mi cuerpo, me sentía en otro mundo, no sabía cómo tenía que estar ni qué tenía que decir.  Era algo así como si fueran a juzgar a todos los hombres a través mío..."

En el capítulo 9 se examina la cuestión de la certeza de la paternidad.  Una de sus secciones se titula: "¿Sabe usted que el 12,5 % de los hijos legítimos no son de su padre legal?".  Y se mencionan numerosos estudios en que se arrojan cifras de paternidad ficticia que van desde el 10% hasta el 30%, aunque la cifra más cercana a la realidad parece ser ese 12,5 por ciento. Sin embargo, Sullerot es fiel a este axioma: "El padre es quien siente amor". "¡Al diablo con la verdad biológica!", exclama.

En su libro Le grand remue-ménage ["La gran mudanza"], publicado en 1997, Sullerot analiza a fondo la crisis de la familia actual, resultado de 30 años de políticas basadas principalmente en los derechos de la mujer. "Las mujeres no son propietarios de sus hijos", dice Evelyne Sullerot, que piensa que las mujeres no han administrado bien la formidable libertad que se les ha dado. A su juicio, una de las grandes revisiones que es necesario llevar a cabo es comprender que la condición de padres se basa en vínculos innegables, indisolubles, indefectibles e irreversibles. La familia no es una simple yuxtaposición de individuos donde cada uno hace lo que quiere, sino que, desde el momento en que nace un niño, los padres adquieren responsabilidades ineludibles.

Como persona dedicada, entre otras actividades, a la lucha contra la toxicomanía, Evelyne Sullerot está en una posición privilegiada para saber lo que dice cuando afirma que el número de toxicómanos es entre 5 y 6 veces superior entre los niños que se han criado sin padre. Uno de los efectos más perjudiciales del divorcio en su forma actual es que la paternidad no se ejerce, que el padre pasa a segundo plano.  El problema se agudiza cuando el divorcio no es tal, sino una simple separación de una pareja no casada (el 40% de las familias en Francia están formadas por parejas no casadas). En general, esa ruptura conlleva aún mayores daños para los niños, ya que el padre no tiene ningún derecho ni amparo alguno en los tribunales. Con frecuencia, es una separación salvaje.   Sullerot recuerda que son sobre todo las mujeres quienes solicitan la separación, en la mayoría de los casos por motivos no suficientemente justificados: aburrimiento, deseo de rehacer su vida, etc. En cierto modo, existe, para ellas, una incentivación del divorcio.

Para sentar un orden claro de prioridades y no distorsionar la realidad bajo el equívoco de determinadas palabras, Sullerot indica que convendría también utilizar un vocabulario apropiado que llame a las cosas por su verdadero nombre.  En consecuencia:

  • la palabra "familia" debería reservarse exclusivamente para designar a las personas unidas por un vínculo biológico, con independencia de que convivan o no.

  • las variantes posteriores podrían designarse con términos como "hogar" u "hogar reconstituido" .

  • la expresión "familia monoparental" sólo debería aplicarse en los casos de viudedad, ya que su utilización actual tiende a eliminar la figura del padre ausente

Así pues, proteger a la familia debe consistir, ante todo, en preservar la vigencia de ese vínculo biológico entre padres (ambos) e hijos, y el resto de las políticas no deben interferir en mantenimiento de esos vínculos ni debilitarlos. La mujer no tiene derecho a hacer un niño para ella sola, ya que lo priva de la figura masculina, y los niños tienen necesidad absoluta de un padre y de una madre.

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