Juicios rápidos de género

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Juicios rápidos de género 2016-11-06T18:37:50+00:00

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Durante el gobierno de Aznar, y a instancia del Partido Popular, se instauraron los juicios rápidos. Al respecto hubo las inevitables controversias jurídicas pues era evidente que las garantías procesales de los acusados y sus derechos constitucionales quedarían seriamente mermados cuando no directamente conculcados.

El entonces fiscal jefe de Madrid, Mariano Fernández Bermejo, se opuso con encono a este cambio legislativo llegando a querellarse contra José María Michavila, entonces ministro de Justicia, quien tampoco escatimó críticas al fiscal.

Tras la entrada en vigor de la aberrante ley integral contra la violencia de género, los juicios rápidos se han convertido en algo cotidiano. Mejor dicho, en una cadena de montaje.

Veamos las distintas etapas de esta cadena de montaje en la que se “empaqueta” al varón.

Denuncia por maltrato. Cualquier cosa es denunciable según la ley. Por ejemplo que te llamen fea o gorda. Aunque lo seas. Normalmente en viernes para asegurarse que no haya juez disponible para tomar declaración al detenido y por lo tanto se le mantenga en el calabozo hasta el lunes.

Detención. Basta una simple denuncia, sin prueba alguna que demuestre la veracidad de la misma, por el motivo más disparatado, para que la policía o guardia civil te detenga siguiendo el protocolo de actuación o el “yo me lavo las manos y que decida el juez“. Ante familiares, vecinos o compañeros de trabajo, según donde te pille, por lo que la sombra de la sospecha quedará siempre sobre el detenido aún cuando sea absuelto. El detenido no tiene posibilidad de que su versión de los hechos sea oída siquiera, menos aún tenida en cuenta. Basta la palabra de la mujer como prueba suficiente para encausar y condenar. Todos los que hayan pasado por este trance se sentirán identificados en los siguientes párrafos.

¡El arresto! ¿Hará falta decir que parte nuestra vida en dos? ¿Qué se abate sobre nosotros como un rayo?. ¿Qué representa un duro trauma espiritual que no todos son capaces de asimilar y que a menudo conduce a la locura?

El universo tiene tantos centros como seres vivos hay en él. Cada uno de nosotros es un centro del universo. Y el cosmos se desmorona cuando le dicen a uno entre dientes: “¡Queda Usted detenido!”.

Si alguien sabe cómo Usted está detenido, ¿no será que ha habido un cataclismo?. ¿Habrá quedado algo en pie?

Con el cerebro en blanco, incapaces de abarcar tales evoluciones del cosmos, a todos, del más simple al más despierto, no se nos ocurre en ese instante, pese a nuestra experiencia de la vida, más que balbucear:

– ¿Yo? ¿Por qué?

Pregunta repetida millones y millones de veces antes de que la hagamos nosotros, y que nunca ha obtenido respuesta.

Una detención es un tránsito impresionante, un cambio que nos transpone de un estado a otro.

¡Se acabó! ¡Queda usted detenido!

Y no atinas a dar ninguna respuesta, nin-gu-na, como no sea el balido de corderito:

– ¿Yo-o? ¿Por qué?

El arresto es un fogonazo cegador, un golpe que desplaza el presente convirtiéndolo en pasado, que convierte lo imposible en un presente con todas las de la ley.

Y no hay más. Esto es todo lo que somos capaces de asimilar, no ya en la primera hora, sino incluso en los primeros días.

Centellea todavía en nuestra desesperación una luna de papel, un decorado de circo: “¡Es un error! ¡Lo aclararán!”.

Y todo lo demás, que actualmente conocemos por la imagen tradicional e incluso literaria de una detención, ya no puede almacenarse ni organizarse en nuestra turbada mente, sino en la memoria de nuestra familia y de los vecinos con quienes compartimos piso.

Es un estridente timbrazo nocturno o un golpe brutal en la puerta. Es la arrogancia de unos agentes que irrumpen en casa sin limpiarse las botas.

A veces, las detenciones llegaban a parecer un juego, tan fecunda inventiva y tanta energía superflua se depositaba en ello, cuando en realidad la víctima no se resistiría aunque no hubiera tamaño despliegue. ¿Pretendían los agentes justificar así su servicio y su gran número? De hecho, parece que hubiera bastado con enviar una notificación para todos los borregos designados y ellos mismos se habrían presentado sumisamente a la hora señalada, con un hatillo, ante los negros portones de hierro de la Seguridad del Estado para ocupar su porción de suelo en la celda que les indicarán.

La mayoría se aferra a una fútil esperanza: Si no soy culpable, ¿a santo de qué pueden detenerme? ¡Es un error! Y cuando te están arrastrando por las solapas, todavía exclamarás: “¡Es un error! ¡Tan pronto como se aclare me soltarán!”. Y aunque a los demás les detengan en masa, lo que también es absurdo, siempre podemos dudar ante cada caso individual: ¿Quién sabe si éste precisamente…?”. ¡Pero tú, que vá! ¡Tú eres inocente, claro que sí! Todavía crees que los órganos de la Seguridad del Estado son un ente humano y lógico: tan pronto como se aclare me soltarán.

Entonces, ¿para qué vas a huir?, ¿para qué oponer resistencia? No harías más que empeorar tu situación, les impedirías aclarar el error. Y no sólo no te resistes, sino que incluso bajas las escaleras de puntillas, como te han mandado, para que no se enteren los vecinos.

Además, ¿resistir a qué? ¿A que te confisquen el cinturón? ¿A que te ordenen retirarte a un rincón? ¿A que te manden atravesar el umbral de tu casa? La detención consta de pequeños preámbulos, de innumerables minucias, que, considerados por separado, no parecen suficiente motivo para discutir (en unos momentos en que el pensamiento del detenido se debate en torno a la gran cuestión: ¿Por qué?), aunque, en conjunto, son todos estos circunloquios los que desembocan irremisiblemente en la detención.

¡Hay tantas cosas que ocupan el alma del recién detenido! Tantas son que llenarían un libro. Podemos descubrir sentimientos que ni siquiera sospechábamos.

¿Por qué , entonces, me callé?

Cada uno encontraba siempre una docena de razones plausibles para demostrar que tenía razón al no sacrificarse.

Unos seguían esperando un final favorable y temían echarlo a perder por un grito (téngase en cuenta que no nos llegaban noticias del mundo exterior, no sabíamos que desde el instante mismo de la detención nuestro destino ya nos deparaba lo peor, o casi lo peor, y que es imposible empeorarlo). Otros aún no habían madurado y no sabían como exponerlo todo en un grito dirigido a la multitud. Ya se sabe, sólo los revolucionarios tienen siempre a punto consignas que lanzar a la multitud. ¿De dónde habría de sacarlas el hombre pacífico, el hombre común que nunca se ha metido en nada? Sencillamente, no sabe qué podría gritar. Y al final, había aquellas personas que tenían el alma demasiado llena, cuyos ojos habían visto demasiado para poder verter todo ese torrente en unos pocos gritos incoherentes.

Alexsandr Solzhenitsyn. Archipiélago GULAG

Calabozo. Las condiciones higiénicas no son las más recomendables al pasar por ellos todo tipo de gente. Algunos no tienen luz, ni natural ni artificial. Al detenido se le quita el reloj, cinturón, cordones (a veces incluso los zapatos). A veces se le examina, solamente para denigrarle, los orificios corporales. Suele agotarse el plazo máximo previsto en la ley al hacerse la mayor parte de las denuncias en la tarde del viernes. Setenta y dos horas. Sin saber si ha transcurrido una hora o un día. Alimentado con zumo y galletas. El detenido no puede recabar documentación ni testigos que acrediten su versión de los hechos. En realidad ni siquiera se le explica cual es la acusación y ni se le enseña la denuncia.

Presentación del abogado de oficio. El abogado es preceptivo y hay que pagarle. Si tienes abogado propio le llamarán y si no tienes abogado propio te asignan uno de oficio al que tendrás que pagar si superas los baremos establecidos, o pagará el Estado si no los superas. Normalmente los superas y has de abonar sus “servicios”. Por supuesto el abogado no tiene ni idea del caso y en los escasos minutos que tiene para intentar enterarse tampoco se hará una adecuada composición de lugar. Tampoco tendrá opción a recabar documentación y testigos para la mejor defensa de su “cliente”. Dado que el abogado de oficio cobra una cantidad fija, cuanto menos trabajo realice más rentable le sale el caso. Por lo que es habitual que recomiende a su cliente que se allane. Esto es, que se declare culpable para que la pena que le impongan se reduzca y dado que no tiene antecedentes penales no ingresará en prisión. Dada la desorientación del detenido y su ignorancia de las leyes, en muchas ocasiones se aviene a aceptar semejante trato y se declara culpable. Cuando salga del juzgado se enterará de que la sentencia es irrecurrible y que la parte contraria lo usará siempre tanto en el pleito civil como en posteriores denuncias penales: “No es que lo diga yo ni que lo haya determinado un juez sino que es él mismo quien ha reconocido que es un maltratador”.

Declaración ante el juez. Tras varios días en el calabozo, totalmente desorientado, habiendo tenido tiempo de sobra para alimentar el odio hacia quien le ha hecho semejante canallada, sin haber tenido posibilidad de hacerse con cualquier documentación o testigo que avale su versión y sin haberse podido asear durante su estancia en el calabozo, el detenido declara ante el juez de turno.

Un porcentaje de estos detenidos aceptan el mal asesoramiento del abogado y se declaran culpables. Al hacerlo, cierran toda posibilidad de recurrir la sentencia. Algo que el abogado no les advirtió y que será utilizado por la denunciante cada vez que pueda. Además la siguiente condena conllevará el cumplimiento de la anterior.

La mayor parte conservan su dignidad y mantienen su inocencia por lo que ha de celebrarse juicio.

En cualquier caso, se dictan medidas cautelares, como la orden de alejamiento, que suelen conllevar la restricción notable de tus derechos y libertades, incluso la suspensión del contacto con tus hijos.

Señalamiento del juicio. Debido a la saturación de los juzgados por el elevado número de denuncias, la mayoría falsas o estúpidas, y la pobre productividad de los juzgados españoles, el juicio se señala para fechas muy posteriores a los hechos con lo que el daño que se causa se ve aumentado al mantenerse en vigor las medidas cautelares. Por ejemplo, al no poder ver siquiera a tus hijos.

Celebración del juicio. Los juzgados de violencia sobre la mujer son uno de los engendros de la ley de violencia de género. No dejan de ser tribunales de excepción que además son competentes en temas civiles y penales. Aberración jurídica aprobada por los diputados por unanimidad y con un largo aplauso. El funcionamiento de estos juzgados adolece de las mínimas garantías jurídicas.

Veamos un ejemplo. Juzgado de violencia sobre la mujer número 1 de Madrid. La jueza titular, Raimunda de Peñafort Lorente, alecciona a la denunciante previamente a entrar en sala. Por otra parte, no sólo no hace caso de lo que su perito dictamina, Natalene Suanzes, sino que incluso impide que el informe del perito conste en las actuaciones si la pericial es favorable al acusado. Por supuesto, la perito confirma que la mayor parte de las denuncias son falsas y sólo persiguen beneficios económicos o la simple venganza. Todo esto ha sido denunciado habiéndose archivado por el Consejo General del Poder Judicial con el sorprendente argumento de que no han encontrado indicios de delito.

Se ha presentado queja ante el servicio de inspección del C.G.P.J. sobre la actuación de la juez Raimunda de Peñafort Lorente. Como era de esperar, y dado su acendrado corporativismo, la han archivado porque no hay delito alguno.

A pesar de todo este entramado, el porcentaje de sentencias condenatorias es mínimo aún aceptando que las conformidades fuesen correctas y no provocadas por el estado al que se le somete al encausado. Según los datos del CGPJ expuestos por el juez Francisco Serrano ante las acusaciones del colectivo feminazi, las condenas sólo representan el 9,7% del total de denuncias.

Si tenemos en cuenta que muchas de las condenas lo son por motivos tan ridículos como mojar con la ducha, no es difícil aventurar que si la ley discriminase “favorablemente” al varón, el número de mujeres condenadas sería similar sino igual, tal y como acreditan los estudios serios realizados al respecto.

Cancelar los antecedentes policiales y penales es una tarea prácticamente imposible dados los trámites burocráticos que el interesado ha de realizar pues ni juzgado ni policía lo hacen de oficio. Los trámites son lo suficientemente complicados y requieren tal número de desplazamientos que en la práctica resulta imposible poder recuperar tu buen nombre de cara a tribunales y policía.

Todo esto se traduce en prohibicón de votar o ser votado en elecciones, de opositar a empleos públicos, de acceso a viviendas públicas, etc.

Al entrar en vigor la ley, la fiscalía retiraba su acusación si la denunciante se retractaba. Para sobrepasar este inconveniente se cambió el criterio y si había parte de lesiones la fiscalía seguía adelante con su acusación (aún a sabiendas de que fueran autolesiones). Finalmente el criterio impuesto ha sido el de proseguir la acusación en cualquier caso, mantenga o no la denunciante la acusación.

En cualquier caso las feminazis ya están perfeccionando la maquinaria para que nadie se escape a una denuncia de maltrato. Para ello pretenden eliminar la dispensa que tiene la esposa para no declarar contra el marido. Pretenden eliminar la posibilidad de retractarse. Pretenden eliminar la posibilidad que tiene la denunciante de no ratificarse en sala. Etc.

Para darle aspecto de debate democrático y jurídico, Themis organizó en el Senado un congreso sobre la ley de violencia de género con la excusa del tercer aniversario de su promulgación. A la inauguración acuden Teresa Fernández de la Vega y Bibiana Aído. Entre los ponentes ni una voz discordante con los postulados feminazis. Lorente Acosta y los demás falsarios de costumbre.

El siguiente paso ha sido llevar las conclusiones de este congreso de Themis al Congreso de los diputados. Se ha creado una subcomisión para estudiar la aplicación de la Ley 1/2004. Por supuesto no se ha admitido a nadie que no sea proclive a los desvarios feminazis. No es casualidad que al mismo tiempo se cree otra subcomisión para estudiar la modificación de la ley del aborto en la que tampoco se ha admitido a nadie que no tenga carnet feminazi. Las conclusiones están dictadas con antelación y serán llevadas al cuerpo legal tras su publicación en el BOE.

La mayor parte de las sentencias condenatorias lo son por conformidad. Conformidad dada por el acusado tras el consejo del abogado de oficio que le ha tocado y tras haber pasado unas cuantas horas en el calabozo y ver cómo funciona la justicia en España. Abogado que cobra lo mismo independientemente del trabajo que tenga que hacer. Esto es, cuánto menos trabajo tenga que hacer más rentabilidad sacará al caso.

Tras el acuerdo entre la Fiscalía general del Estado y el Consejo general de la abogacía para promover las conformidades, veremos el aumento espectacular del número de condenas por malos tratos gracias a que el abogado de oficio aconsejará a su cliente o simplemente actuará incluso en contra del criterio del cliente, tal y como estipula el Estatuto de la abogacía y el Código deontológico. Poco les importa a esta gente saltarse los más elementales criterios legales con la excusa de descongestionar los juzgados.

Por supuesto, nuevamente se incrementarán el número de condenas y con ello la justificación para dotar de más medios y presupuesto a la lucha contra el maltrato. Dinero que gestionarán las feminazis. Todo esto deparará nuevamente en un incremento del número de asesinatos a mujeres que volverá a justificar el aumento de los medios para su erradicación. Una espiral que no hará sino crecer.

Todo esto no es sino una parte más de las mentiras de las feministas, que por muy repetidas que sean en los medios de comunicación, y apoyadas por los políticos de turno, no dejan de ser mentiras con las que se sustenta la industria del maltrato mantenida generosamente en su casi totalidad con fondos públicos.

De no ser por las consecuencias tan graves que acarrean estas prácticas feminazis, podríamos tomarnos a broma toda esta infamia como lo hacen Cruz y Raya.

 

Als die Nazis die Kommunisten holten,
habe ich geschwiegen,
ich war ja kein Kommunist.Als sie die Sozialisten einsperrten,
habe ich geschwiegen,
ich war ja kein Sozialist.Als sie die Gewerkschafter holten,
habe ich geschwiegen,
ich war ja kein Gewerkschafter.Als sie die Juden einsperrten,
habe ich geschwiegen,
ich war ja kein Jude.Als sie mich holten,
gab es keinen mehr,
der protestieren konnte.“(Martin Niemöller, 1945)
Cuando los nazis fueron a por los comunistas,
yo no dije nada.
No era comunista.Cuando encerraron a los socialistas,
yo no dije nada.
No era socialista.Cuando encerraron a los sindicalistas,
yo no dije nada.
No era sindicalista.Cuando encarcelaron a los judíos,
yo no dije nada.
No era judío.Cuando vinieron a por mí,
no quedaba nadie,
y nadie protestó.

 

Los abogados de López denuncian la «imposibilidad» de ejercer su defensa 22-07-2016

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