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Meterse con los Amish

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Meterse con los Amish

 – Luis del Pino

‘Único testigo’ es una de esas películas que en su tiempo supuso un hito, no tanto porque fuera una obra maestra, sino porque aportaba una originalidad y una frescura en su planteamiento que la hacían destacar sobre el resto. Diez nominaciones y un par de premios Óscar (al mejor montaje y al mejor guión original) atestiguan el éxito de un film que, a pesar de los 30 años transcurridos desde su estreno, resulta difícil de olvidar. Inolvidable, por ejemplo, la sensual escena entre Harrison Ford y Kelly McGillis; o los ojos del niño, único testigo de un crimen, al reconocer al asesino.

Pero si la película rompió moldes fue, sobre todo, por el retrato que hacía de los Amish, esa peculiar secta anabaptista estadounidense, que parece anclada en el siglo XVIII, por su rechazo a la tecnología moderna. El contraste entre esos granjeros de otra época y el policía al que esconden contribuye a aumentar el suspense de la película.

Una de las escenas inolvidables de ‘Único testigo’ es aquella en que Harrison Ford acompaña a unos amish al pueblo, a hacer algún recado. Al ver el carromato de los granjeros, unos chulos paletos comienzan a meterse con ellos, sabedores de que los amish no pueden, por sus convicciones, usar la violencia ni para defenderse. Es de esas escenas en las que el espectador se implica emocionalmente con la película: “¿Pero cómo pueden esos abusones meterse con quien saben que no se puede defender? ¿Cómo se puede ser tan cobarde?”.

No he podido evitar en estos días acordarme de aquella escena, al ver a la esforzada muchachada de Podemos redoblar sus ataques contra los católicos. Hemos podido revivir, con el juicio a Rita Maestre, el asalto a la capilla de la Complutense, espectacular hazaña en la que Rita y sus compañeras profanaron un lugar de culto, zarandeando al capellán y profiriendo amenazas. Hemos visto a Ada Colau mofarse de las creencias del 75% de los españoles, con un padrenuestro blasfemo que ofendía de forma innecesaria y gratuita, sin gracia y sin estilo, a tantas personas que no lo merecen. Y hemos podido leer en la prensa y en las redes sociales los argumentos empleados para defender, disculpar, justificar o jalear a Colau y a Maestre, que básicamente se resumen en que los católicos no tienen derecho a vivir sus creencias en paz, y tienen que aguantar los insultos, las ofensas e incluso las agresiones de las que cualquier imbécil quiera hacerles objeto.

Porque es así: insultan, ofenden y ridiculizan a los católicos porque saben que sale gratis, como con los amish. Ni la pija de Rita se atrevería a entrar en una mezquita en sujetador, ni la maleducada de Ada Colau osaría echarse en público unas risas con una versión blasfema del Corán. Por si les parten la cara. O algo peor.

Eso es lo más triste de todas las colaus y maestres de este mundo: su infinita cobardía. Son solo chulos paletos que, como en ‘Único testigo’, disfrutan ofendiendo al que saben que no se va a defender. Abusones de patio de colegio que buscan a alguien al que poder insultar sin riesgo alguno. Acosadores de manual, que practican el bullying ideológico, en la certeza de que el acosado no se va a revolver. Hasta que a alguien se le llena el gorro de pipas, claro. Seguro que recuerdan ustedes cómo acaba aquella escena de ‘Único testigo’.

Yo me pregunto: ¿tan complicado es respetar un poco a los demás? Y permítanme decirles que quien tiene que exigir respeto a los acosadores no son los agredidos, sino aquellos que comparten ideología con los acosadores: la izquierda de este país debería interiorizar de una vez los usos democráticos y hacer el vacío a quienes, desde sus filas, se comportan de forma tan reprobable.

A todos se nos llena la boca con los eslóganes rimbombantes: “Contra el acoso, tolerancia cero”. Pero luego, algunos contemplan impávidos cómo los suyos acosan a quienes saben que no se van a defender.

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