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Viva Samantha

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http://www.elmundo.es/espana/2016/03/05/56db4f80e2704e5a778b4646.html

Viva Samantha

La magistrada Samantha Romero.

La magistrada Samantha Romero. EFE
LORENZO SILVA

Ocurre la misma semana en que en la cámara donde reside la soberanía nacional (o eso se supone) coinciden, entre otros personajes estupefacientes y pasados de rosca, una especie de monologuista jubilado, un tipo que se jacta con voz fúnebre de renegar de sus orígenes y un justiciero besucón, ante el pasmo y la impotencia de un presidente novato que no atina a dar cauce ordenado a tanto, tan florido y tan variopinto disparate.

Es esa misma semana, los mismos días en que los telediarios repiten las esperpénticas imágenes de un debate que a ratos parece escrito por Groucho Marx y a ratos por un Valle bajo los efectos de una sensacional fumada de kif, cuando una mujer que se llama Samantha, vestida de riguroso negro y en su calidad de presidenta de un tribunal de Palma de Mallorca, se echa a la espalda, ella solita, la misión de demostrarle a la población que existe algo serio, fiable y funcional tras esa entelequia denominada Estado. Mientras sus señorías de la carrera de San Jerónimo se comportan ora como pensionistas resabiados, ora como adolescentes desfasados que desparraman a escondidas de los profes en la última noche del viaje de fin de curso, su señoría Samantha nos recuerda cómo afrontan sus responsabilidades los adultos que aún sienten el deber de despachar con solvencia los asuntos que sus conciudadanos les encomiendan.

Junto a sus dos compañeras ya ha tenido que demostrarlo semanas atrás, ante la situación creada por una defensa que pretende que la hacienda pública es una suerte de particular, y que halla en tal interpretación el exótico respaldo del Ministerio Fiscal y de la Abogacía del Estado. Ambos, a los que se supone defensores de la ley y del bien común, osan sostener que eso de que “Hacienda somos todos” no es más que publicidad.

No le tiembla entonces el pulso a Samantha para hacer valer lo que el sentido común y la decencia postulan, esto es, que quienes dejan de hacer frente a sus obligaciones fiscales, y lo hacen a gran escala, están delinquiendo contra todos, y en especial contra todos los contribuyentes que habrán de allegar a las arcas públicas lo que el defraudador se ahorra. Y no le tiembla aunque en ese contexto proclamar tan incontestable verdad conduzca, nada menos, a sentar en el banquillo a la hermana del jefe del Estado y sexta en la línea sucesoria al trono.

Gracias a ello, la infanta se enfrenta a unas cuantas jornadas incómodas en el asiento del que su defensa y sus aliados sorprendentes aspiraban a exonerarla. Lo que no es en sí mismo un motivo de alegría, salvo para aquellos que caigan en el feo vicio de celebrar el mal ajeno, pero ofrece al personal la esperanza de no tener, después de todo, una ley tan desastrosa ni un sistema tan fallido como a veces parece. De hecho, la decisión de Samantha y sus compañeras nos eleva a la categoría de ejemplo para el continente, donde siempre se ha encontrado la manera de permitir que los royals pillados en renuncio se escabullan de sus responsabilidades y esquiven la acción de la justicia.

Y es justamente esta semana cuando llega el momento, tan esperado, y por algunos con morboso interés, de ver testificar a la infanta. Además de su defensa, sólo la acusación popular se atreve a interrogarla. Samantha, seria y exquisita, preserva el derecho de quien acusa y el derecho de la acusada: permite que la abogada acusadora interrogue, aunque la infanta, acogida a su derecho a no responder, mantenga un férreo silencio; y allí donde la acusadora trata de buscar espectáculo, o algo que no tiene que ver con los dos delitos fiscales por los que la declarante está imputada, desecha la pregunta como improcedente.

El abogado de la infanta protesta, pero sabe que el trato que recibe su defendida es consistente, impecable. No la condenarán arbitrariamente. Y si fuera justo, bien podría salir absuelta.

Pulcritud, solidez, pundonor. Viva Samantha, que debajo de su toga nos salva del ridículo. Ojalá algunos la imitaran.

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